11/02/2006

Las 5 etapas por las que hay pasar

Entre hombres y mujeres hay muchos puntos de discordancia, pero si hablamos de convivencia, hay algunos temas básicos en los que las opiniones son dispares: en que se debe gastar el dinero y cómo organizar las tareas domésticas.

Sobre el primer tema, hoy en día, hay muchas parejas que mantienen cuentas separadas y se limitan a compartir gastos, teniendo suficiente autonomía para cada uno.

Sobre el segundo tema, las tareas domésticas, no estoy tan segura que la solución sea la misma: que cada uno limpie lo suyo.

Es aquí donde se inició, hace algunos años, mi batalla personal cuando un día decidí compartir mi vida con mi pareja, hasta que la muerte, o la porquería, nos separara. El caso es que una llega a la convivencia con unos hábitos creados, generalmente por la histeria sobre la limpieza de las madres, y se cree que eso es lo normal. El problema viene cuando tu pareja es totalmente inmune a la histeria sobre la limpieza de su madre, y su hábito es totalmente el contrario, o sea: “limpieza”…y eso que es lo que es?????

Ante tal situación, mi reacción inconsciente y automática generada por el hábito y por lo que una ve en casa de sus padres, fue algo así como fregar los platos inmediatamente después de comer, limpiar los baños cada día, limpiar el polvo y barrer y fregar todas las habitaciones una vez a la semana, poner lavadoras cada día, etc

La gran sorpresa me la llevé cuando un día me día cuenta que mientras yo me encargaba de mantener en orden y limpia la casa, mi pareja, estaba cómodamente viendo la tele, jugando al ordenador o simplemente perreando. Aquí marco mi primera etapa, en lo que se refiere a las tareas domésticas, y la solución que encontré a está situación totalmente desigual y con la que no estaba de acuerdo, fue ir a darle el coñazo a mi pareja y decirle que el tenía que colaborar en las tareas del hogar igual que yo. Su primera reacción fue de colaboración y nos pusimos los dos a invertir horas en la limpieza del hogar y las diferentes tareas del hogar.

…pero esto solo duró unas semanas, al final de las cuales, por la actitud de mi pareja, entendí que no eran tareas de su interés. Entonces me cabreé muchísimo y inicié un periplo por la vía de la discusión sin fin, en la que cada día había bronca y morros por el mismo tema. De repente, me vi a mi misma convertida en mi madre, todo el día discutiendo con todos para que hagan cosas que no quieren hacer. Entonces, se me ocurrió la segunda etapa: si tú no quieres hacer las tareas domésticas, yo tampoco las haré. A ver quien aguanta más.

El resultado fue que cada uno se ponía sus lavadoras y se planchaba su ropa, o no, con la consecuencia de ver que mi pareja se iba a trabajar con la camisa hecha un higo. Pero lo peor estaba en casa: no había platos ni vasos limpios, la cocina apestaba, bolas de pelo de perro rodando por el suelo, montones de ropa por todas partes, lavabos con color “ala de mosca”, nevera vacía, polvo por todas partes….y todo lo que os podáis imaginar.

En fin, finalmente un día mi pareja me propuso “recoger un poco el piso”, cosa a la que accedí rápidamente con mucho gusto.

Pero la alegría duró poco, ya que al cabo de un par de semanas todo volvía a estar como una leonera, y yo no estaba dispuesta a volver a pasar por lo mismo otra vez.

Después de muchas discusiones, conversaciones, revolcones y otras estrategias, acordamos que debíamos repasar la casa por lo menos una vez a la semana. Pero en vista de las experiencias anteriores y para evitar que el acuerdo solo durara unas semanas, decidí pasar a la tercera etapa: firma un contrato, en el que decía de qué debía responsabilizarse cada uno, qué días y qué pasaría si se incumplía. Por supuesto, nuestras firmas coronaban el acuerdo y estaba colgado en un lugar visible y accesible para los dos.

Sin embargo, al cabo de unos meses, la casa volvía a parecer la de los monster y a mí me entraba una mala leche cada vez que entraba en casa y lo veía todo hecho un desastre…..

Así es que me inventé la cuarta etapa: dividir el piso en partes y asignar a cada uno las partes que más le gustaran. Es decir, el comedor y las habitaciones serían mis responsabilidades y el baño y la cocina, en general, serían las de mi pareja. Esta técnica funcionó durante bastante tiempo, aunque había épocas que se perdía el ritmo un poco.

Sin embargo, en mi se habían sucedido una serie de cambios actitudinales a raíz de tanto pensar y conversar y discutir, de los cuales se derivaba el no darle tanta importancia a la limpieza, y a valorar más el utilizar ese tiempo en otras cosas como disfrutar de la compañía de mi pareja o realizar actividades conjuntamente más gratificantes.

De esta forma hemos llegado a una situación en la que ninguno de los dos le da demasiada importancia a esta cuestión, y sobre todo, tenemos la ayuda de una persona que nos hecha una mano, dos veces a la semana en estos quehaceres. Esta sería la quinta etapa.

En principio este es el fin de la historia, pero los años pasan y mi pregunta desde un mente femenina es: ¿qué pasará el día que tengamos hijos?. Tendré que inventar una nueva etapa…. ¿Y porqué no la inventa él?

2 comentarios:

Violeta dijo...

Justo estoy pasando por las crisis que comentas. Vivo en México, no soy una histérica de la limpieza, pero me caga vivir en la mierda. No sé qué hacer. Me pregunto si esto cambia algún día a partir de la perseverancia o es algo con lo que hay que vivir hasta que la tolerancia aguante. Viene una mujer a limpiar la casa 2 veces a la semana, pero a diario se come, se ensucia ropa, se destiende la cama. A diario, como en todas las casas. No es que me guste que el departamento esté limpísimo, tolero bastante el desorden. y también recuerdo a mi madre pidiendo furiosa que hiciésemos alguna tarea doméstica, y recuerdo mi pensar: pero qué afán de mi mamá. Seguro a ella tampoco le gustaba hacerlo. Sólo conozco a una mujer que adora lavar platos; es una tía y está medio loca. Es una tarea que a nadie le gusta hacer, pero es algo que hay que hacer toda la vida. La cosa es que cuando le pido a mi pareja que me ayude con algo, pienso que es como decirle: ayúdame en algo que es mi tarea. Y NO LO ES!. Efectivamente creo que hay mucho de patrones antiguos, pero sigo pensando que no es justo. si los dos trabajan y meten dinero a casa, si los dos ensucian, los dos deberían limpiar. Entiendo que a muchos hombres en general no les moleste la casa sucia y no les guste hacer la limpieza; a mi tampoco me gusta. Me pregunto si así tendrá que seguir. No lo sé. A lo mejor es sólo cuestión de aceptar que hay que pedirlo, me sigue pareciendo que es un problema de principio. Ejemplo: aquí viene la mujer de la limpieza, pero quién de los dos es el que se preocupa porque haya el cloro paraque la mujer pueda hacer su trabajo? Es un problema de principio, y molesta, y nuestros cerebros pueden trabajr diferente, pero sigue siendo injusto. En fin, he decidido hacer un documental al respecto, investigando es que encontré esta entrada. A ver qué me voy encontrando.

risas y revolcones dijo...

...Después de 10 años de convivencia juntos, he decidido dos cosas: no discutir por la limpieza. Pero a veces hay que forzar un acuerdo y sobre todo un compromiso.

***

Yo no discuto con mi chico: yo limpiaba hasta que él, por no querer hacerlo, paga para que nos dejen el piso como una patena. Cada uno se encarga de su ropa y la solución para el tema de los platos: compró un lavavajillas y se encarga él; a cambio, yo cocino.