1/11/2007

La tiranía de los suegros (II)

Primera parte

Así estaban las cosas y mis pensamientos se sucedían en armonía respecto a la simbología profunda que quería instaurar en mi hogar. Aunque debo reconocer que todavía me estaba costando un poco convencer a mi concubino de que ciertas actitudes socavan la libertad de expresión o que otras favorecen a uno de los integrantes en desmedro del otro. Creo sinceramente que estaba logrando instaurar la calma en mi pequeña democracia, cuando sobrevino una revolución en el seno de mi precaria institución.

Vinieron de vacaciones mis suegros a mi casa. Las primeras medidas que se tomaron fueron trasladar mi dormitorio, mi ordenado placard y mi reducido mobiliario a una habitación más pequeña.

A pesar de que al principio opuse algo de resistencia, se ve que no fue suficiente, a unos días de que llegaran estaba trasladando mi ropa interior y mis camisones sexies a mi nuevo placard. Mi último atisbo de resistencia fue cuando reclamé con ahínco conservar mi preciado edredón y mi almohada.

Así fue como perdí el control de mi cama y con ella se fue mi intimidad.

Una vez instalados y bajo el argumento de que nosotros nunca estamos en casa, la billetera con el dinero para las compras quedo bajo la entera supervisión del nuevo gourmet que había en la casa: mi suegro. Quisiera incluir a esta altura que también se puso en evidencia durante esa prolongada estadía que mis aptitudes como cocinera dejaban bastante que desear.

Pero volviendo a mi segunda gran pérdida debo reconocer que en esos días en el refrigerador y en la despensa aparecieron provisiones que nunca se me hubiera ocurrido proveer; sin embargo, mi almuerzo en el trabajo era tan deslucido como unas hojas de lechuga y unos tomates con atún. Aunque por las noches disfrutaba de los manjares que habían sobrado del mediodía y de vez en cuando de algunas delicias elaboradas especialmente para mí. Así fue como se evaporó lentamente de mis manos el control del vil metal, al mismo tiempo que mi amado iba recuperando poco a poco algo de peso.

Pero eso no fue todo, poco a poco mi casa se convirtió en el lugar al que no quería regresar. ¿Para qué? ¿Para escuchar en la televisión el cotilleo de los programas de las 7 de la tarde o para olvidarme de la música que seleccioné con esmero durante más de una década y que utilizo para crearme momentos de deliciosa soledad?

Debo reconocer que muchas veces percibí al regresar cansada del trabajo ese entrañable calor de hogar, una casa plagada de presencias, ordenada y limpia, con olores y sabores. Pero muchas veces el extrañamiento por no poder decidir entre un momento de ocio, de silencio o de voces, se sumó a mi molestia general. Así fue como perdí el control de mi tiempo libre y descubrí a la fuerza que bien luce por la noche la rambla iluminada.

Así estaban las cosas cuando vinieron de visita mis suegros y tan bien la pasaron, tan confortablemente atendidos y mimados estuvieron, que hasta pensaron en la posibilidad de instalarse unos tres meses al año para “atendernos y mimarnos”, tales fueron sus palabras.

Continuará...

0 comentarios: