11/13/2006

Soló por llevar la contraria

Hay ocasiones en que los tíos parecen complicados. Cuando les ofreces sexo quieren algo más. Cuando les ofreces algo más no están preparados. Cuando no les ofreces nada quieren cualquier cosa. ¿Es un problema de confusión mental entre su neurona y el yo astral de esa neurona (todas sabemos que no tienen más, así que no sé con qué se pueden confundir)?
No, no son complicados. Es una cuestión de llevar la contraria. Como no saben lo que quieren a la hora de la verdad lo único que hacen es estar a la expectativa de tus reacciones y actuar en consecuencia, es decir, intentando hacer lo contrario.
Tal vez sea un patético intento de hacerse los interesantes, de mostrar que tienen mundo interior. Tal vez sea una simple reafirmación frente al otro sexo, intentando sentir que ellos controlan la relación. Tal vez, incapaces de comprender porqué el mundo exterior puede resultar tan complicado para las mujeres en relación a su experiencia personal, intentan situarse en el centro de nuestro mundo para propiciar que las cosas sean realmente complicadas.
No hay nada que comprender. Así que utilizarles, si follan bien sobretodo. Sino, tampoco los borreís inmediatamente de vuestra agenda. Seguro que tienen alguna habilidad (informático, electricista, carpintero...)o posesión que pueda llegar a seros útil en algún momento (coche, casita en la playa...)

11/10/2006

"Tú eres una niña"

- Yo voy a ir. Tú eres una niña

- Jorge, vale ya...

Son las 8:55 de la mañana y al ir a trabajar escucho esta frase. Podriaís penser que se trata de un niño diciéndoselo a otra niña mucho más pequeñita. Sin embargo, la frase la suelta un niño de unos 7 años a una niña más alta y seguramente mayor, de unos 9.

No sé que siguió contestando la mujer mayor. No sé si eran hermanos y la señora su madre. No sé a que se refería el niño. Pero sé el tono en que se lo dijo, como le miró el niño al hacerlo y qué significa el comentario.

En el sistema educativo español ha empezado a sonar la palabra cooeducación, educación en la igualdad de género en todos los aspectos de la vida. Hasta hace poco era un materia trasversal en algunos ámbito de la educación informal (grupos de tiempo libre laicos). Sin embargo los libros siguen mostrando a la madre en la cocina y al padre en la fábrica, aunque poco a poco va cambiando. Pero no nos engañemos. No son sólo los dibujos. En los problemas de matemáticas María va a comprar y Juan juega al fútbol. Las referencias son continuas y los profesores siguen tratando de forma diferente a los niños y niñas.

¿Y qué pasa en casa? Me hubiese gustado saber qué le contestó esa señora al niño. Me gustaría saber que valores reales enseñan los padres actuales, qué es lo que ven en a su alrededor. Porque la sensación que tengo con los niños y niñas de las nuevas generaciones es que se matienen los roles de discriminación contra los que estamos intentando luchar nosotras, en el mundo adulto.

En Coeducación, espacio para educar en la igualdad encontrareís desde materiales educativos a experiencias personales de padres y maestros.

11/08/2006

Visión periférica

Un tarde tras ir y volver sobre ese oximoron que es “hombres limpios y ordenados” la conversación terminó por aquí:

Morrigane: Ya sabéis que los hombres no tienen visión periférica, solo enfocan hacia delante.

Karenina
: ¡sí, tu ponte desnuda a un lado a ver si no te ven!

Valkiria
: ya, pero es q “esta” sí que tiene visión periférica

jajajajaja

Karenina: la próxima vez ponte desnuda junto a la pila de ropa sucia aver si así se enteran.

jajajajaja

11/06/2006

El cuartito

Los primero tiempos en las relaciones de pareja parecen siempre marchar con viento a favor. Nunca un sí ni un no. Todos son arrumacos, abrazos, ver la tele pegados, acostarse a dormir haciendo ‘cucharita’, besito al levantarse, besito al acostarse y sobre todo, mucha pero mucha comprensión. Si hasta se diría que son almas gemelas.

Pero cuando empiezan a pasar los meses y las parejas se van tomando confianza, lo que al principio era color de rosas, va tornándose un poco más oscuro. Sobre todo, si no son un dechado de virtudes….

Pero yendo un poco más al grano…

Podemos decir que las mujeres somos el género quejoso, pero siempre tenemos una justa razón: les pedimos que nos dejen ver tranquilas nuestra serie preferida, que no nos atosiguen con la monótona voz de los comentaristas deportivos y los interminables partidos de fútbol o baloncesto de los que a los dos días ya no se acuerdan ni el resultado. Que no dejen su ropa sucia esparcida por la casa a medida que van avanzando, dejando así los zapatos en el pasillo, las medias en la puerta de la cocina, los pantalones y la camisa en el piso del dormitorio y, finalmente ellos, en calzoncillos, cómodamente parados con el culo para adentro, mirando fijamente el televisor. Todo un espectáculo deplorable.

Diversos son los temas conyugales que tenemos para exponer en nuestras tertulias femeninas donde intentamos verbalizar los contubernios, los embrollos matrimoniales e intentamos desentrañar el enmarañado mapa de la psiquis masculina. En este punto coincidimos: no es que sea demasiado complejo - porque ellos parecen ser mucho más felices que nosotras -. Lo que pasa es que no podemos comprender que ciertos reclamos no les hagan mella.

Y esta falta de permeabilidad a temas de índole doméstica, esa indiferencia ante lo que para nosotras hace a nuestra calidad de vida, es lo que más nos saca de nuestras casillas.

¿Pero qué sucede cuando se nos colma la paciencia? ¿Qué ocurre cuando los cursos acelerados de psicología intuitiva fallan dejándonos sin soluciones?

Pues la respuesta cualquiera la sabe: sálvese quien pueda!!!

Ese cúmulo de acciones nefastas que llevan del enojo atragantado al grito exagerado, puede ser el causal de muchas rupturas, separaciones temporales u ofuscamientos transitorios que al cabo de un rato suelen evaporarse tal cual aparecieron. Algunas optan por volverles la espalda a sus maridos luego de una buena discusión; otras por cortarles la posibilidad de todo diálogo, poner cara de pocos amigos y mantener el silencio forzado hasta nuevo aviso; algunas se van a dar un paseo hasta que pasa el malhumor dejando que sus pensamientos vuelvan a fluir por un cause de normalidad. Pero otras, en una actitud un tanto más intransigente, recurren a la tajante alternativa de echarlos a ellos de la casa.

Al principio, estos se quedan un tanto desconcertados: ‘¿irme?, ¿A dónde si se puede saber?’ ‘¡¡Pues a la casa de tu mamá!!’, les contestamos sin reparo. Pero no todas tenemos a nuestros queridos suegros para que nos echen una mano ante este tipo de circunstancias. Convengamos que los padres de ‘él’ siempre están felices de tenerlos con ellos nuevamente a dormir, aun a pesar de que el ‘hijo pródigo’ vuelve al hogar paterno muy a su pesar y con el rabo entre las piernas -

Por lo tanto, es necesario recurrir a otras alternativas y ante una de aquellas ‘bocanadas’ de furia en la que queremos darle a nuestro marido el peor de los castigos, los echamos de nuestro lado y les privamos de nuestra compañía, mandándole… a… a…. a… a ‘el cuartito’.

El ‘cuartito’ es esa oscura y fría habitación de la casa, que tiene una ventana interior donde se escuchan los dimes y diretes de todo el edificio, que no tiene un cama donde rendirse muerto, ni un sofá y ni siquiera una mesita. Ahí es donde va a parar. ‘¡ahora a ver como se las arregla sin mí!!!’ pensamos no sin cierta satisfacción.

De esta forma pasa la primera noche, nosotras cómodamente en nuestros acogedores lechos, estiradas a lo ancho, durmiendo plácidamente con la sonrisa impresa en el rostro con la satisfacción de que la venganza pergeñada ha sido una idea genial.

La segunda noche, ya nuestra conciencia nos empieza a jugar algunas malas pasadas. Los pensamientos de furia y rencor, se ven empañados por unos pantallazos donde vemos a nuestro hombre tirado en un colchoncito en el suelo, apenas cobijado por una sábana liviana y recostado sobre un piso frío. Entonces, es cuando a tientas en la noche, sacamos una manta del ropero y con sigilo lo cubrimos con ella para no despertarlo.

La tercera noche, la que nos juega una mala pasada no es nuestra conciencia, sino que son nuestras carencias. Le empezamos a echar en falta. Lo que nos faltaba!!!

Es entonces, cuando vamos al dormitorio como para increparlo, y oh sorpresa!!! Al mirar a nuestro alrededor, casi no reconocemos ‘el cuartito’. Nos damos cuenta que ese hombre ha ido transformando ese antro oscuro, frío y desolado, en una verdadera habitación. Pero una habitación hecha a su medida. Ha trasladado almohadones, ha llevado una silla que hace las veces de mesa de luz, tiene conectado el ordenador y de él sale una música ambiental que le susurra al oído cuando está dormido (pensar cuantas veces me preguntó si me gustaba dormir con música, y cuantas veces le dije no, porque al otro día me levanto aturdida!!). Un espeluznante desorden de ropas esparcidas por el piso del dormitorio y nadie que le reproche para que las levante. Ha convertido el cuartito en ‘su cuartito’, un lugar acogedor, donde se siente a sus anchas y donde, para peor, se siente FELIZ!!!!!

Feliz!!!

Y pensar que le habíamos echado de nuestro cuarto para que sufra!!! Para que sienta la desdicha y el retiro le sirva para reflexionar sobre sus ‘pecados’, recapacite y vuelva a nosotras totalmente arrepentido. Pues no, ni nos extraña ni reflexionó, ni cambió de tesitura. Sigue siendo exactamente el mismo, y encima… es más feliz!!!!

Guardado en Insensible

11/02/2006

Las 5 etapas por las que hay pasar

Entre hombres y mujeres hay muchos puntos de discordancia, pero si hablamos de convivencia, hay algunos temas básicos en los que las opiniones son dispares: en que se debe gastar el dinero y cómo organizar las tareas domésticas.

Sobre el primer tema, hoy en día, hay muchas parejas que mantienen cuentas separadas y se limitan a compartir gastos, teniendo suficiente autonomía para cada uno.

Sobre el segundo tema, las tareas domésticas, no estoy tan segura que la solución sea la misma: que cada uno limpie lo suyo.

Es aquí donde se inició, hace algunos años, mi batalla personal cuando un día decidí compartir mi vida con mi pareja, hasta que la muerte, o la porquería, nos separara. El caso es que una llega a la convivencia con unos hábitos creados, generalmente por la histeria sobre la limpieza de las madres, y se cree que eso es lo normal. El problema viene cuando tu pareja es totalmente inmune a la histeria sobre la limpieza de su madre, y su hábito es totalmente el contrario, o sea: “limpieza”…y eso que es lo que es?????

Ante tal situación, mi reacción inconsciente y automática generada por el hábito y por lo que una ve en casa de sus padres, fue algo así como fregar los platos inmediatamente después de comer, limpiar los baños cada día, limpiar el polvo y barrer y fregar todas las habitaciones una vez a la semana, poner lavadoras cada día, etc

La gran sorpresa me la llevé cuando un día me día cuenta que mientras yo me encargaba de mantener en orden y limpia la casa, mi pareja, estaba cómodamente viendo la tele, jugando al ordenador o simplemente perreando. Aquí marco mi primera etapa, en lo que se refiere a las tareas domésticas, y la solución que encontré a está situación totalmente desigual y con la que no estaba de acuerdo, fue ir a darle el coñazo a mi pareja y decirle que el tenía que colaborar en las tareas del hogar igual que yo. Su primera reacción fue de colaboración y nos pusimos los dos a invertir horas en la limpieza del hogar y las diferentes tareas del hogar.

…pero esto solo duró unas semanas, al final de las cuales, por la actitud de mi pareja, entendí que no eran tareas de su interés. Entonces me cabreé muchísimo y inicié un periplo por la vía de la discusión sin fin, en la que cada día había bronca y morros por el mismo tema. De repente, me vi a mi misma convertida en mi madre, todo el día discutiendo con todos para que hagan cosas que no quieren hacer. Entonces, se me ocurrió la segunda etapa: si tú no quieres hacer las tareas domésticas, yo tampoco las haré. A ver quien aguanta más.

El resultado fue que cada uno se ponía sus lavadoras y se planchaba su ropa, o no, con la consecuencia de ver que mi pareja se iba a trabajar con la camisa hecha un higo. Pero lo peor estaba en casa: no había platos ni vasos limpios, la cocina apestaba, bolas de pelo de perro rodando por el suelo, montones de ropa por todas partes, lavabos con color “ala de mosca”, nevera vacía, polvo por todas partes….y todo lo que os podáis imaginar.

En fin, finalmente un día mi pareja me propuso “recoger un poco el piso”, cosa a la que accedí rápidamente con mucho gusto.

Pero la alegría duró poco, ya que al cabo de un par de semanas todo volvía a estar como una leonera, y yo no estaba dispuesta a volver a pasar por lo mismo otra vez.

Después de muchas discusiones, conversaciones, revolcones y otras estrategias, acordamos que debíamos repasar la casa por lo menos una vez a la semana. Pero en vista de las experiencias anteriores y para evitar que el acuerdo solo durara unas semanas, decidí pasar a la tercera etapa: firma un contrato, en el que decía de qué debía responsabilizarse cada uno, qué días y qué pasaría si se incumplía. Por supuesto, nuestras firmas coronaban el acuerdo y estaba colgado en un lugar visible y accesible para los dos.

Sin embargo, al cabo de unos meses, la casa volvía a parecer la de los monster y a mí me entraba una mala leche cada vez que entraba en casa y lo veía todo hecho un desastre…..

Así es que me inventé la cuarta etapa: dividir el piso en partes y asignar a cada uno las partes que más le gustaran. Es decir, el comedor y las habitaciones serían mis responsabilidades y el baño y la cocina, en general, serían las de mi pareja. Esta técnica funcionó durante bastante tiempo, aunque había épocas que se perdía el ritmo un poco.

Sin embargo, en mi se habían sucedido una serie de cambios actitudinales a raíz de tanto pensar y conversar y discutir, de los cuales se derivaba el no darle tanta importancia a la limpieza, y a valorar más el utilizar ese tiempo en otras cosas como disfrutar de la compañía de mi pareja o realizar actividades conjuntamente más gratificantes.

De esta forma hemos llegado a una situación en la que ninguno de los dos le da demasiada importancia a esta cuestión, y sobre todo, tenemos la ayuda de una persona que nos hecha una mano, dos veces a la semana en estos quehaceres. Esta sería la quinta etapa.

En principio este es el fin de la historia, pero los años pasan y mi pregunta desde un mente femenina es: ¿qué pasará el día que tengamos hijos?. Tendré que inventar una nueva etapa…. ¿Y porqué no la inventa él?